lunes, 15 de agosto de 2016

La mujer adúltera (Juan 8:1-11)

Ambrosius Francken - Cristo y la mujer adúltera
Y JESUS se fue al monte de los Olivos.
Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio; y en la ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres; tu, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo. Y como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra. Al oír esto, acusados por su conciencia, salieron uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los últimos; y quedaron sólo Jesús y la mujer, que estaba en medio. Y enderezándose Jesús y no viendo a nadie más que a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. (Juan 8:1-11)

Aquel día, mientras Jesús estaba enseñando en el templo, los escribas y fariseos le interrumpieron tratando de ponerle una trampa para desacreditarle ante el pueblo. Aparentemente Jesús no tenía escapatoria: si absolvía a la mujer le acusarían por transgredir la ley de Moisés y si la condenaba caería en contradicción con sus propias enseñanzas.  

No sería la única vez que escribas y fariseos se unirían para actuar en contra de Jesús. Y es que tenían un interés común: conservar su prestigio y su poder. Los escribas se encargaban de copiar, redactar e interpretar la ley y los fariseos, los líderes religiosos del pueblo judío, se preocupaban por su estricto cumplimiento. Sin embargo, a ambos grupos, poco les importaba la verdadera Justicia, la Misericordia y la Fe. Por eso Jesús les decía así: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque limpiáis lo que está fuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia”  (Mateo 23:25).  Jesús les decía esto porque los líderes judíos observaban muchas tradiciones que tenían que ver con la apariencia y la limpieza externa pero no cuidaban la limpieza del corazón.

Por eso Jesús les decía también: “porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (Marcos 7:8). Jesús no rechazaba el Antiguo Testamento pero los escribas y fariseos querían demostrar que el mensaje de amor y perdón de Jesús se oponía a las Escrituras. Por eso en cuanto podían le intentaban dejar en evidencia, como en este pasaje en el que le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio; y en la ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres; tú, pues, ¿qué dices?”      
En el Antiguo Testamento hay textos que defienden la dignidad humana, que son los que provienen de Dios, y en ellos se apoyará Jesús en muchas ocasiones. Sin embargo también hay numerosos pasajes muy duros y cargados de violencia provenientes de la tradición de los hombres y de su “dureza de corazón”.

La ley de Moisés a la que se refieren los escribas y los fariseos dice lo siguiente: “Y si un hombre comete adulterio con la esposa del otro, el que cometa adulterio con la esposa de su prójimo, indefectiblemente el adúltero y la adúltera serán muertos” (Levítico 20:10). Llevándole la mujer adúltera, los líderes religiosos le preguntan a Jesús: “tú, pues, ¿qué dices?”, la respuesta de Jesús les deja perplejos: El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”, antes y después de pronunciar estas palabras Jesús escribió algo en la tierra. Algunos autores piensan que Jesús escribió los pecados de quienes condenaban a la mujer aunque el Evangelio no lo explica.

De esta manera, Jesús desvía la atención de la acusada a los escribas y los fariseos que la querían condenar. Ahora cada uno de ellos se siente acusado por su propia conciencia. Los acusadores se han convertido en acusados. Y como no soportan ver sus pecados descubiertos ante la luz de Jesús, pronto comienzan a irse avergonzados y en silencio uno a uno. La mujer, cuando ve que los acusadores se marchan, no huye sino que se queda con Jesús. Él le dice: “¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?” la mujer le responde “Ninguno, Señor”, entonces Jesús le muestra rápidamente su perdón: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Mientras las autoridades pretendían condenar a la mujer con la fuerza de la ley, Jesús la absolvió con la fuerza del amor. Porque Jesús no vino al mundo a condenar sino a salvar:


“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” 
(Juan 3:17)

Fuentes: 
Biblia Antiguo y Nuevo Testamento



sábado, 30 de julio de 2016

Parábola del rico insensato (Lucas 12, 13-21)



Y le dijo uno de la multitud: <<Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia>>. Él le dijo: <<Hombre, ¿quién me ha puesto como juez o árbitro sobre vosotros?>> Y les dijo: <<Mirad: guardaos de toda avaricia porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee>>. Y les refirió una parábola, diciendo: <<Las tierras de un hombre rico habían producido mucho; y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿qué haré? porque no tengo dónde guardar mis frutos. Y se dijo: Esto haré: derribaré mis alfolíes y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete>>. Pero le dijo Dios: <<Necio, esta noche van a pedir tu alma y lo que has guardado ¿de quién será?>> Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.  (Lucas 12, 13-21)

En tiempos de Jesús, Galilea era una sociedad agraria caracterizada por la enorme desigualdad de recursos que existía entre la población campesina (80-90% de la población) y la pequeña élite (7% de la población). Mientras las riquezas de los grandes terratenientes aumentaban más y más, la vida de los pequeños agricultores se volvía cada vez más precaria.

Con cada cosecha los campesinos tenían que alimentar a sus familias, guardar semilla suficiente para asegurar la siguiente siembra y, además, pagar elevados impuestos exigidos desde el poder. Por eso, cuando las cosechas eran escasas, en muchos casos, los agricultores y sus familias se veían atrapados en el endeudamiento, expropiados de las tierras y sumidos en la indigencia.  

¿Cuál fue la actitud de Jesús ante esta situación? Jesús defendió continuamente a los oprimidos y condenó firmemente la avaricia de los ricos.

Esta parábola refleja claramente la crítica de Jesús a la necedad humana: Un terrateniente se pregunta qué hacer ante una cosecha abundante e inesperada. Sólo piensa en sí mismo. No se acuerda de los pobres campesinos que trabajan duramente y viven cada vez más atemorizados bajo la amenaza del endeudamiento, ni de quienes sufren porque ya han sido expulsados de las tierras. Finalmente toma una decisión: destruir sus graneros y construir otros nuevos y más grandes con el objetivo de acumular todos los frutos y sus bienes y no pensar más que en descansar, comer, beber y divertirse.

El resultado es que mientras este hombre acumula para sí toda la cosecha priva a otras personas de lo esencial para vivir. Dios se dirige a este hombre diciéndole: “Necio, esta noche van a pedir tu alma y lo que has guardado ¿de quién será?” El hombre ha imaginado un futuro insensato originado en el deseo de vivir holgadamente y sin preocupaciones. Sin embargo, Dios le advierte que ese futuro que él quiere no va a tener lugar. Este hombre necio sacrifica la felicidad verdadera del presente de compartir la cosecha con los campesinos empobrecidos por una felicidad falsa proyectada en un futuro incierto que finalmente no llega.    

Y Jesús concluye su parábola diciendo: “Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”. La afirmación es clara, una persona puede ser muy rica por acumular muchas riquezas en la Tierra pero ante Dios su riqueza material carecerá de valor. Dios quiere que compartamos lo que tenemos, que ayudemos a las personas necesitadas. Que no construyamos una falsa felicidad olvidándonos de los más débiles en la Tierra.

Pero lo que debemos preguntarnos cada uno/a de nosotros/as es si no hemos sentido en más de una ocasión el deseo de conseguir acumular riquezas para vivir holgada, despreocupadamente y sin pensar en los demás. El hombre rico de la parábola actúa como un necio pero ¿no somos necios nosotros también cuando pensamos así?

Ha transcurrido mucho tiempo desde que Jesús nos dejó su enseñanza, ¿Cómo puede ser que sus palabras tengan hoy la misma actualidad que tuvieron en su momento? ¿En qué ha cambiado la humanidad?

En las noticias no se hace más que hablar de países ricos y países pobres, crisis económicas, polarización creciente de la riqueza, corrupción empresarial y política…Problemas diferentes pero con origen en un anhelo común: “y diré a mi alma: alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete”.

Jesús advierte como es ante Dios quien piensa y actúa así: un necio. “Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.  No seamos necios y escuchemos la llamada de Jesús a vivir de una forma diferente y más humana cuyo resultado no será otro que construir un mundo mejor para todos/as.       

Fuentes:
Nuevo Testamento – Biblia
El Camino Abierto por Jesús – José Antonio Pagola
El Jesús Histórico – Gerd Theissen, Annette Merz
Jesús Aproximación Histórica  - José Antonio Pagola

sábado, 23 de julio de 2016

Jesús en casa de Marta y María: “Sólo una cosa es necesaria” (Lucas 10, 38-42)

Cristo en casa de Marta y María - Johannes Vermeer  


Jesús entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Ésta tenía una hermana que se llamaba María, que, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres; y acercándose, dijo:
- Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Pero respondiendo Jesús, le dijo:
- Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas; sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. (Lucas 10, 38-42)

“Sólo una cosa es necesaria”

En este pasaje la presencia de Jesús en la casa de Marta y María provoca una reacción muy diferente en ellas. Mientras Marta se desvive por servirle, su hermana María lo deja todo y se queda sentada a sus pies, escuchándole.

Marta actúa como se espera de una mujer en aquella sociedad, trabaja en la casa sin descanso. Desbordada por el trabajo y dolida con su hermana María, reclama a Jesús ayuda.

Sin embargo Jesús no responde de la forma que se hubiese esperado de un hombre judío perteneciente a una sociedad totalmente patriarcal. Es importante destacar que en la época de Jesús el ámbito religioso era especialmente discriminatorio con las mujeres, por lo que los escribas (los maestros oficiales y jueces del pueblo) no tenían discípulas.  

La palabra y actuación de Jesús eran totalmente opuestas al sistema socio-religioso dominante y opresivo para la mujer: Él si acoge a las mujeres como discípulas en el mismo plano y con los mismos derechos que los hombres.  

Por eso Jesús le responde así a Marta: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas; sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.  En lugar de reprender a María tal y como hubiese sido de esperar, Jesús reprende a Marta.

Él no quiere que las mujeres vivan absorbidas sólo por el trabajo. Jesús quiere que las mujeres también sean sus discípulas,  por eso elogia la elección de María que ha decidido sentarse a escuchar su palabra.

Este breve pasaje podemos trasladarlo a nuestras vidas cotidianas tanto las mujeres como los hombres. Casi sin darnos cuenta, dejamos que el exceso de actividad diaria nos absorba de tal forma que descuidamos aspectos fundamentales en nuestra vida. Esto nos lleva a sentirnos como Marta “afanados y turbados con muchas cosas” y relegamos lo verdaderamente importante a un segundo plano.

Esto no significa que Jesús no quiera que trabajemos y nos esforcemos. Lo que Jesús desea es que seamos capaces de dedicarle tiempo a Él, que le convirtamos en una prioridad en nuestra vida, llenando nuestro corazón con su Palabra. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11, 28). Tras acudir a Jesús, retomaremos nuestras actividades con un ánimo y fortaleza renovados.

Hagamos como María y no nos perdamos el mensaje de Jesús por más que la sociedad  nos empuje a no escucharle. ¿Qué puede haber más importante?



Fuentes:
Nuevo Testamento – Biblia

El Camino Abierto por Jesús – José Antonio Pagola
Web: Palestina en tiempos de Jesús
  

viernes, 8 de julio de 2016

Jesús y la mujer cananea (Mateo 15:22-28)

The Woman of Canaan - Harold Copping
Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquellos alrededores clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero él no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Y él, respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces, ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Y respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Si, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija quedó sanada desde aquella hora. (Mateo 15: 22-28)

Algunos pasajes en la vida de Jesús resultan difíciles de entender y, en ocasiones, se malinterpretan debido a una lectura superficial. Esto es lo que ha ocurrido con el encuentro de Jesús con la mujer cananea. En una primera lectura, es difícil de comprender el comportamiento de Jesús: primero parece ignorar a la mujer y después se refiere a ella como “perrillo”. Muchos escépticos han utilizado este pasaje para calificar a Jesús de cruel, intolerante y ofensivo. Sin embargo, esto no concuerda con el mensaje de amor a toda la humanidad que Jesús predicó continuamente.

Una explicación coherente es que Jesús tenía una misión divina que cumplir: primero debía salvar al pueblo judío. “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Con estas palabras Jesús parece mostrarse duro e inflexible. Cuando la mujer se arrodilla pidiéndole ayuda, Jesús le contesta: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”. Lo más importante es entender el contexto histórico en el que se sitúa esta conversación. Para los judíos las personas cananeas eran consideradas “perros” de forma muy despectiva. Jesús suaviza el término utilizando en su lugar “perrillos”, en mi opinión, para dejar constancia de la situación de desprecio que sufre la mujer cananea por parte del pueblo judío.

Es como si Jesús en un principio decidiese hablar tal y como se esperase que él hablara. (A muchos judíos no les parecía bien que Jesús tratase con igualdad a todas las personas incluyendo a los extranjeros). Pero lo más sorprendente es la reacción insistente de la mujer, aun sabiendo que el pueblo judío odia a los cananeos y que Jesús es el salvador exclusivo del pueblo judío y que con sus palabras Jesús así lo manifiesta, la mujer continúa suplicando. No hay duda de que está convencida de que Jesús le va a ayudar.   

Y de esta manera Jesús consiguió un doble objetivo: que las personas que leamos posteriormente este episodio entendamos la situación marginal que los extranjeros vivían en aquella época respecto al pueblo judío, y hacer reflexionar sobre el hecho de que cualquier persona proceda de donde proceda puede tener una gran fe y por ello ser merecedora de los milagros de Dios.

En realidad el mensaje que transmite este pasaje es el siguiente: aprendamos de la persistencia de esta mujer y de su gran fe en la bondad de Dios hacia todos los seres humanos. ¿Debemos hacer como ella y conformamos con las migajas que Dios nos quiera dar? Así es. No suena bien, porque los seres humanos somos egoístas, queremos ser importantes y poderosos, sentarnos a la mesa como señore/as. Reconocer que nuestra mayor altura está a los pies de Jesús es un paso que es necesario dar. La mujer cananea lo hizo a través de su diálogo sincero con Jesús y recibió su recompensa.  

Jesús deja claro que en la fe está la clave y que cualquier persona proceda de donde proceda puede tenerla. A muchas personas que cura las despide diciendo “vete; tu fe te ha sanado”. Es decir, no es la petición en sí lo que importa, ni que pertenezcan a un grupo social u otro, sino la creencia firme de que Dios les puede ayudar.  Por ejemplo, y en relación a la mujer cananea, cuando Jesús cura a diez leprosos, tan sólo uno de ellos, un samaritano, se postra a sus pies, dándole las gracias. Entonces dice Jesús “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve ¿Dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero?” Y le dijo: “Levántate, vete, tu fe te ha sanado” (Lucas 17: 17-19).

Jesús dice “este extranjero” no de forma peyorativa sino para resaltar el hecho de que  la única persona que le muestra su agradecimiento y devoción ¡es un extranjero! Muchos judíos odiaban a los samaritanos, al igual que a los cananeos, y por supuesto el hecho de que Jesús tratase a menudo con ellos no le daba precisamente buena reputación. En una ocasión un grupo de judíos llama a Jesús samaritano: “¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano y que tienes demonio?” (Juan 8: 48).

En el pasaje de la mujer cananea ocurre exactamente lo mismo, Jesús la llama “perrillo” no para despreciarla sino para resaltar la forma en que los judíos denominaban a las personas cananeas y enseñar que siendo esta mujer extranjera, su fe es ejemplar y supera la de muchos judíos por lo que merece ser tratada como una hija más sin distinción ninguna. 

lunes, 28 de marzo de 2016

Bienvenido Jesús



Jesús resucitó al tercer día de ser crucificado. Desde entonces él está esperando a que cada un@ de nosotr@s le demos la bienvenida.

Jesús está esperando en la entrada de nuestra casa (nuestra vida) a que le abramos la puerta y le dejemos pasar. Tiene sed pero no se marcha, espera paciente a que le abramos la puerta.

A menudo contempla con tristeza como otros visitantes (la ira, la envidia, el odio…) irrumpen en la casa de una persona y ésta en vez de echarlos fuera, les acoge y les da alimento dejándose influir por ellos. A Él que es la luz, le niega la entrada pero cuando llegan visitantes oscuros les acoge sin reservas.

A veces cuando la persona abre las ventanas la luz de Jesús alumbra la casa y la persona se maravilla y dice para sí “¡cuánta belleza, cuánta alegría!”

Sin embargo continúa resistiéndose a dejar pasar a Jesús a su casa: ¿por qué? El principal motivo es el ego. La persona está dominada por su propio ego: el ego siempre quiere ser superior y al lado del resplandor de Jesús se sentirá pequeño, insignificante. El otro motivo es la vergüenza: la persona piensa que no tiene nada que ofrecer a Jesús para calmar su sed.

Un día la persona decide luchar contra su propio ego y su vergüenza porque escucha a su corazón que le dice que si deja pasar a Jesús a su casa, ésta se llenará de luz y alegría. Abre la puerta y le pide a Jesús que pase.

Entonces Jesús entra emocionado y la persona se sorprende de no sentirse insignificante a su lado. Sin embargo, continúa avergonzada por creer que no puede calmar su sed. De pronto el rostro de Jesús resplandece y agradecido le dice: “ya no tengo sed, tu amor la ha calmado”.

Demos la bienvenida a Jesús, calmemos su sed de nuestro amor y permitámosle alumbrar nuestra vida para siempre.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Jesús cura la oreja de Malco (Lucas 22, 44-54)

Christ in Gethsemane - Heinrich Hofmann

Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían a tierra. Y cuando se levantó de la oración y fue a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aun hablaba, he aquí llegó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba delante de ellos y se acercó a Jesús para besarlo. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

Y al ver los que estaban con él lo que iba a suceder, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Entonces, respondiendo Jesús, dijo: Dejad, basta ya. Y tocando su oreja, le sanó.


Y Jesús dijo a los que habían venido a él, los principales sacerdotes, y los oficiales del templo y los ancianos: ¿Así como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos?

Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora y la de la potestad de las tinieblas.

Y apresándole, le llevaron y le condujeron a casa del sumo sacerdote.

The capture of Christ - Heinrich Hofmann

A través de este pasaje descubrimos una vez más el inmenso amor de Jesús por la humanidad. Curó incluso a Malco, un siervo del sumo sacerdote que venía a apresarle para conducirle a la muerte. “Dejad, basta ya. Y tocando su oreja, le sanó” (Lucas 22, 51).

domingo, 20 de marzo de 2016

La parábola del sembrador (Mateo 13, 1-9)


Y AQUEL día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se congregó junto a él mucha gente; y entrando él en una barca, se sentó, y toda la gente estaba en la ribera.
Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y se la comieron.
Y parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó en seguida, porque no tenía profundidad de tierra; mas cuando salió el sol, se quemó; y se secó, porque no tenía raíz.
Y parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron.
Y parte cayó en buena tierra y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno.
El que tiene oídos para oír, oiga.


Explicación de Jesús de la parábola del sembrador (Mateo 13, 19-23)

Cuando alguno oye la palabra del reino y no la a entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón; éste es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra y de inmediato la recibe con gozo. Pero no tiene raíz en sí, sino que es temporal, y cuando viene la a aflicción o la persecución  por la palabra, en seguida se ofende.
Y el que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra; pero a el afán de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y el que da fruto; y da uno a ciento, y otro a sesenta y otro a treinta por uno.

Mi reflexión sobre la parábola del sembrador

Jesús de Nazaret hablaba a los hombres y a las mujeres para que le siguiesen. La palabra de Jesús fue la semilla que él esparció para que germinase en el corazón de la humanidad y diese su fruto: el amor.

Sin embargo, por desgracia, muchas personas tienen el corazón endurecido y no quieren recibir el mensaje de Dios (tierra junto al camino). Otras personas lo reciben con alegría pero en cuanto se presentan dificultades lo rechazan (pedregal) y otras lo ahogan con sus preocupaciones y ambiciones (espinos). Y finalmente, están aquellas personas que reciben la palabra de Jesús y, a través de sus buenas acciones y su fe, alimentan a la pequeña y bellísima plantita que va creciendo en su interior para finalmente ofrecer el fruto del amor a Dios (buena tierra).

Luchemos cada día por ser tierra fértil para la preciosa semilla que Jesús nos ha regalado. Permitamos que se desarrolle en nuestro corazón esa hermosa planta que fortalecerá y engrandecerá nuestro espíritu.



Fuentes:
Santa Biblia – Nuevo Testamento

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